Miriam Rocher inició su formación artística con el pintor Alphonse Combe-Velluet. A los catorce años obtuvo reconocimientos en su ciudad natal que le permitieron trasladarse a París, donde estudió en la Académie de dessin y frecuentó los círculos de Puvis de Chavannes y Antonin Proust. Entabló amistad con Henri Martin, de quien adoptó una paleta rica en matices y una pincelada fragmentada. Aunque comenzó vinculada a los salones parisinos, pronto se acercó a la Unión Artística de Toulouse. Reconocida como retratista y paisajista, a partir de 1904 consolidó un estilo más libre y enérgico, dotando a sus paisajes de lirismo y a sus retratos de mayor profundidad psicológica. Entre 1911 y 1912 realizó un viaje por México y Sudamérica, recorriendo Brasil —donde retrató al presidente Hermes da Fonseca— y estableciéndose una temporada en Argentina, donde abrió un taller en Buenos Aires. Durante este periodo viajó hasta Tierra del Fuego, experiencia que marcó su producción paisajística por el dominio del color, la luz y los contrastes tonales. Más adelante, se instaló en Argel, donde en 1925 asumió la dirección de la Unión Artística del Norte de África. Su pintura, cercana en un inicio al impresionismo, evolucionó hacia una síntesis formal más audaz, caracterizada por la intensidad cromática y atmósferas de fuerte carga poética.