Nació en una familia humilde. Su padre, Pedro Gascón, trabajaba como mecánico, mientras que su madre, Vicenta Pérez, se dedicaba a las tareas del hogar. Desde pequeña, su salud fue frágil y recibió cuidados constantes de su madre, abuela y tías. Mostró desde temprana edad un gran interés por el dibujo y la pintura, así como un amor especial por los animales, especialmente los gatos, pasiones que la acompañaron toda su vida. Pasó su infancia en Málaga, donde cursó sus estudios de bachillerato. Obtuvo el título de maestra de educación primaria en la Escuela Normal de Magisterio de Guadalajara y, posteriormente, el de profesora de Dibujo en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid. En mayo de 1935, fue nombrada encargada de la enseñanza de Perspectiva en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, mientras completaba sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. A finales de 1936, fue trasladada al Instituto Lope de Vega por necesidades educativas e ingresó voluntariamente en la Junta Delegada de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico, donde destacó como auxiliar-técnico, inventariando y catalogando objetos artísticos, y obtuvo licencia para conducir uno de los vehículos de apoyo en las labores de recuperación y salvamento. En los locales de la Junta, conoció a su futuro esposo, Roberto Fernández Balbuena, arquitecto y pintor, presidente de la mencionada junta desde 1937. Al finalizar la Guerra Civil, se exilió a México, donde se casó y estableció su residencia definitiva. Se integró rápidamente en el ámbito cultural mexicano, combinando la enseñanza del Dibujo con su incansable labor como pintora y otras técnicas, como el grabado y el esmalte, dedicándose también a la ilustración, una de sus actividades más importantes, gracias a su estrecha relación desde 1939 con el Fondo de Cultura Económica y las secciones culturales de importantes periódicos y revistas mexicanas como El Nacional y Novedades entre 1946 y 1956, donde se destacó por su estilo único descrito como helenismo piccasiano . La influencia de la tradición muralista mexicana se reflejó en sus propios murales distribuidos en iglesias y hospitales, donde inventó la técnica del «concreto teñido». Apasionada lectora, disfrutaba compartiendo sus trabajos y opiniones en las tertulias literarias más destacadas de la ciudad, donde se reunían los creadores más notables del momento como Juan José Arreola, Juan Rulfo, Rubén Bonifaz Nuño, Alaíde Foppa, Carlos Pellicer y Crespo de la Serna, entre otros. Continuó trabajando y colaborando con instituciones asistenciales hasta que la enfermedad de Parkinson que padecía se lo permitió. Nunca regresó a España. Su archivo personal fue donado por su hija Guadalupe al Colegio de México en 2001.