El edificio que hoy ocupa el Museo Kaluz ha sido muchas cosas a lo largo de sus más de 360 años de historia. Fue barrio prehispánico a orillas de la calzada de Tacuba, hospicio agustino para frailes en camino a Filipinas, mansión colonial, vecindad popular, hotel de categoría. Desde el 9 de febrero de 2019, es la casa de la Colección Kaluz y un espacio vivo de arte y cultura mexicana. Pocas esquinas del Centro Histórico de la Ciudad de México concentran tantas vidas en un solo sitio.
El predio en el que se levanta tiene nombre desde mucho antes de que existiera la arquitectura que lo define hoy. En tiempos de México-Tenochtitlan, este lugar pertenecía al cuadrante de Cuepopan y al barrio de Iztacallecan —»el lugar de los que tienen casas de sal»—, una zona habitacional y agrícola en el extremo occidental de la isla, junto a la gran Calzada de Tacuba. Esa misma calzada, hoy Avenida Hidalgo, fue el escenario de la Noche Triste en 1520, cuando las tropas de Cortés huyeron de Tenochtitlan bajo el ataque mexica. La historia de este edificio comienza, literalmente, en el corazón del mundo antiguo.
La fachada que recibe a los visitantes hoy es un documento de piedra. Construida en tezontle rojo y cantera chiluca gris —los dos materiales emblemáticos de la arquitectura barroca novohispana—, su portada concentra un programa iconográfico preciso: el arco escarzano con el escudo de la orden agustina (un corazón atravesado por una flecha, símbolo del corazón ardiente de San Agustín), el nicho mixtilíneo con la escultura de Santo Tomás de Villanueva dando limosna a los pobres, y la inscripción en el friso que data la remodelación: «Santo Tomás de Villanueva. Año de 1780». Artemio de Valle-Arizpe, cronista de la ciudad, la describió como una de las portadas más bellas de México.
El edificio debe su existencia a una de las redes globales más fascinantes de la historia moderna: la comunicación entre Asia, América y Europa a través del Galeón de Manila. Desde 1665, este inmueble sirvió de hospicio para los frailes agustinos que partían o regresaban de las misiones en Filipinas. Era una casa de paso, un umbral entre mundos. Los misioneros descansaban aquí antes de embarcarse en Acapulco hacia Manila, o al regresar de una travesía de meses por el Pacífico. Durante más de 150 años, este sitio fue testigo de los viajes más largos del siglo.
A lo largo del siglo XIX el inmueble cambió de manos varias veces, pasó por la Reforma y la secularización, y terminó convirtiéndose en una célebre vecindad de la que se dice fue hogar del actor Germán Valdés «Tin Tan» y del escritor Efrén Hernández. En 1943 se transformó en el Hotel de Cortés. En el siglo XX sufrió dos mutilaciones importantes: la prolongación del Paseo de la Reforma en 1963, que recortó parte del terreno, y la construcción de la estación Metro Hidalgo en 1968. Fue gracias a una restauración iniciada en 2016 que el edificio recuperó su esplendor original y abrió sus puertas como museo.
Hoy, la terraza del Museo Kaluz ofrece una de las vistas más privilegiadas del Centro Histórico: la Alameda Central, la iglesia de San Hipólito, el mural de Vicente Rojo en el costado del edificio, el tejido denso y vivo de una ciudad que no para. Desde aquí, con 700 años de historia bajo los pies, es posible entender por qué este lugar siempre fue importante.
Esta sección es una invitación a conocer esa historia de adentro hacia afuera. Mes a mes exploraremos una capa distinta del edificio: sus orígenes prehispánicos, la arquitectura barroca, la orden agustina, el entorno histórico, la restauración, el arte contemporáneo que lo habita. Bienvenido al edificio.
Para entender el edificio que hoy alberga el Museo Kaluz hay que ir más atrás de su portada barroca, más atrás del hospicio agustino, más atrás incluso de la Conquista española. Hay que ir a una isla en el centro de un lago, a un barrio que se llamaba Iztacallecan, y a una calzada de tierra y madera que era, literalmente, el borde del mundo conocido.
México-Tenochtitlan era, en el siglo XV, una de las ciudades más grandes del planeta. Con cerca de 200,000 habitantes distribuidos en 13.5 kilómetros cuadrados de isla y chinampas, la capital mexica era un prodigio de ingeniería hidráulica y organización urbana. Cuatro grandes cuadrantes —Atzacualco al noreste, Cuepopan al noroeste, Moyotlan al suroeste y Teopan al sureste— dividían el territorio en sectores con sus propios barrios, mercados, templos y jerarquías. Cada cuadrante tenía también una carga simbólica en la cosmología mexica: colores, deidades tutelares, direcciones del universo.
El predio que hoy ocupa el Museo Kaluz se encontraba en Cuepopan, el cuadrante noroccidental. Dentro de ese cuadrante, el historiador Rosendo Rovira ha identificado el barrio específico como Iztacallecan: «el lugar de los que tienen casas de sal». Era una zona habitacional y agrícola en el extremo occidental del islote, colindante con la gran Calzada de Tacuba —la arteria que comunicaba la isla con tierra firme hacia el poniente— y rodeada de chinampas. Las chinampas no eran simplemente parcelas de cultivo: eran fragmentos de tierra ganados al lago con técnicas de ingeniería que sorprendían a los propios europeos, construidos con capas de vegetación, lodo y ramas que anclaban al fondo lacustre. Sobre ellas y entre los canales que las dividían, la gente de Iztacallecan cultivaba, intercambiaba productos, navegaba en canoa y construía sus casas.
Cuepopan tenía un peso simbólico particular dentro de la cosmovisión mexica. Se lo asociaba con el norte y con mictlampa, la dirección del mundo de los muertos. En el barrio de Copolco —dentro del mismo cuadrante— se realizaron los funerales de Moctezuma II, el gran tlatoani que gobernaba Tenochtitlan cuando llegaron los españoles. El cuadrante no era, pues, un sector marginal: era un espacio de ritualidad profunda, ligado a la muerte, al poder y a la memoria colectiva de la ciudad.
La Calzada de Tacuba, que bordeaba este barrio por el norte, era una de las tres grandes calzadas que actuaban como puentes entre la isla y tierra firme —junto con las de Iztapalapa al sur y de Tepeyac al norte. Tenía unos ocho metros de ancho, estaba reforzada con madera y piedra, y en su recorrido incluía puentes levadizos que podían retirarse para aislar la isla en caso de ataque. Por ella circulaban mercancías, embajadas, ejércitos y peregrinos. Era el nervio occidental de la ciudad, el umbral entre el mundo acuático de Tenochtitlan y el continente.
Ese umbral sería el escenario de uno de los episodios más cruentos de la historia de este continente. En la noche del 30 de junio de 1520, Hernán Cortés y sus tropas intentaron abandonar Tenochtitlan en secreto, cargando el tesoro de Moctezuma. Los mexicas los descubrieron al cruzar la primera brecha de la calzada y los atacaron por tierra y por agua. El caos fue total: cientos de soldados españoles y miles de aliados tlaxcaltecas cayeron al lago bajo el peso de la armadura y el oro, o murieron en el combate. Los sobrevivientes llegaron exhaustos y diezmados a tierra firme. Esa noche —la que los españoles llamaron la Noche Triste y los mexicas el momento en que casi expulsaron a los invasores para siempre— transcurrió exactamente donde hoy está la Avenida Hidalgo.
La derrota no fue definitiva. Cortés reagrupó a sus tropas, tejió nuevas alianzas con los pueblos enemigos de los mexicas, y regresó. El sitio de Tenochtitlan duró meses. La ciudad cayó el 13 de agosto de 1521. Como deuda con el calendario cristiano —San Hipólito es el santo del día en que sucedió la Noche Triste, el 13 de agosto—, Cortés mandó erigir una ermita en su honor al término de la antigua calzada. Esa ermita, ampliada, reconstruida y transformada a lo largo de los siglos, es la misma iglesia de San Hipólito que puede verse hoy, frente al Museo Kaluz.
Con la Conquista consumada, la isla fue reorganizada desde sus cimientos. El topógrafo Alonso García Bravo trazó la nueva ciudad española en el centro del islote. Los cuadrantes mexicas desaparecieron del mapa oficial; en su lugar llegaron las cuadrículas coloniales. Los canales comenzaron a cegarse. Las chinampas se convirtieron en solares. El cuadrante de Cuepopan fue absorbido por las parcialidades indígenas de Santa María la Redonda y San Sebastián Atzacoalco. Iztacallecan dejó de existir como nombre.
Pero el lugar siguió siendo lo que siempre había sido: un punto de paso, un umbral, un sitio donde los caminos se cruzan. Esa vocación —la de espacio de tránsito entre mundos— sería la que, siglo y medio después de la Conquista, llevaría a los frailes agustinos a elegir precisamente este predio para fundar un hospicio para misioneros en camino al Pacífico. El edificio que hoy vemos en Av. Hidalgo 85 es, en ese sentido, la continuación de algo muy antiguo: un lugar donde la gente ha estado siempre de paso, y donde ese paso ha dejado huella.
La restauración del inmueble forma parte de un proyecto mucho más amplio de rescate de esta histórica zona de la Ciudad de México. Con la firme convicción de incidir en nuestro entorno de manera positiva, el Museo Kaluz encabezó la rehabilitación de Avenida Hidalgo en conjunto con el Gobierno de la Ciudad de México y CORE.
Narrar recorrido en términos arquitectónicos desde el metro Hidalgo con el mural de Vicente Rojo, hasta la terraza, con los datos de restauración.
En el primer piso, las antiguas habitaciones del hotel fueron convertidas en las salas de exposición. En la planta baja, el patio central rodeado por columnas de cantera
se adaptó el patio como un espacio para actividades culturales y eventos diversos. Finalmente, se creó una sala polivalente con un auditorio adyacente, donde se preservó un elemento constructivo original del edificio virreinal. El proyecto se enriqueció con la creación de espacios como tienda, restaurante y cafetería, para ofrecer una experiencia única al visitante.
Un grupo de expertos liderados por el arquitecto Dr. Francisco Pérez de Salazar y supervisados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, fueron los encargados de la intervención y transformación arquitectónica de la antigua Hospedería de Santo Tomás de Villanueva para desempeñarse como museo.
En el proceso de los trabajos de restauración, el equipo de la arqueóloga Reyna Cedillo hizo importantes hallazgos, como los vestigios del sistema de cimentación que dan testimonio de los esfuerzos prehispánicos y virreinales por desecar el lago. Algunos de éstos quedaron registrados con testigos metálicos, entre ellos la fuente que se ubicaba al centro del patio y algunas columnas presentes en lo que hoy son las salas de exposición.